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18 mayo
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

La crisis rompe cadenas y destroza murallas, pero no puede romper corazones. Ni sentimientos. Una crisis tan profunda como la que ha descarnado todos los vértices de la parte sur de Europa tiene verdugos y víctimas. Los verdugos tratan de hacer el mayor daño posible, como cualquier guerra. No hace prisioneros, porque los prisioneros estorban. Quieren ganar más, y no les importa pasar por encima de una montaña de cadáveres. Los verdugos son ellos; las víctimas, los demás.

No es cierto que no existan soluciones; no es cierto que los milanos ya no vuelen por encima de los olivos y marismas, que las águilas no miren el otoño; no es cierto que el silencio frío del olvido borre las arrugas de los viejos, que una mano ya no apriete a otra mano sin que nadie encienda una sonrisa.

Hay caricias, existen las miradas de las estrellas en la noche, existe el mar en cada uno de nosotros y en cada uno de nosotros florece una primavera; existe una voz que siembra tu corazón cada vez que respiras, en el instante en que la noche se para y deja que fluya una cascada de voces que te recuerdan quien eres. Existen soluciones: cuando la mano se abre y un horizonte de generosidad te saluda.

La crisis es la guerra que rompe nuestros días, nuestras horas, nuestro sueño. La crisis no conoce hermanos ni amigos ni un vecino amable. La crisis no tiene llanto ni conoce risas; expulsa de tu tierra a nuestros antepasados y lamina sus sombras. La crisis no tiene banderas, sólo el color del dinero. La crisis vive sola, compra voluntades y futuro.

Por eso mira a la gente en la calle: lo que ves son personas que un día rieron y hoy apenas tienen lágrimas. Son nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros compatriotas, nuestros hermanos. Ellos y tú y yo. Nosotros somos muchos. Somos un pueblo que quiere unirse frente a la tempestad negra que nos asola; un pueblo que siempre tuvo voz y un día le rompieron la palabra; un pueblo que vive y aún respira y grita y todavía camina.

Foto: Carmen Vela

15 mayo
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

Andrés tiene la mirada azul y la sonrisa rota. Andrés había decidido callar para no regalar más palabras al viento y esperaba, ansioso, que sus manos pudieran agarrarse a un cabo para no caer en el abismo. Andrés tiene esa mediana edad donde los años se pierden y sólo regresan cargados de malas noticias.

Cada mañana la noche estalla en muchos millones de claridades y muchas veces deja que el sol reine. Cada mañana de los últimos cinco años, Andrés observa el amanecer y pone nombre a las cosas. Un pájaro le silba, una hoja se cae de la maceta, otra nace en el rincón de la casa; se oyen las primeras palpitaciones. El mundo es una enorme cafetera que no tiene nada, sólo ruido. Y en medio de ese gigantesco murmullo, el vacío.

Andrés ha puesto nombre a cada minuto; a las paradas de autobús las suele llamar Hermanas de la Santa Paciencia; a las sirenas de las ambulancias, las Reinas de la Desesperación; a los que salen del Metro, hormigas. La nada, dice Andrés, es un cúmulo de cuchillos por afilar, una razón de ser absurda, un fondo de pájaros que no vuelan porque el cielo está ocupado por mil preguntas nubosas.

Los atardeceres caminan cargados con el hierro de la duda y el fuego de la incertidumbre; la calle humea vanidad de primavera y latigazos de indiferencia; un ir y venir de gente con el corazón perdido y los pies ligeros. Te conozco pero no existes, no somos. El mundo gira siempre al mismo sitio y nada cambia: miles de muertos con el mismo nombre, unos cuantos ricos con el nombre de otro.

La noche es una verdad que nunca fue engañada, una razón que un día perdió la cabeza y dejó de reír, un silencio absoluto que siempre fue quebrado. La noche es una joven que vive sin decir que ama y no puede pensarlo. Esa noche, Andrés encendió el televisor y se le derramó en la mesa un montón de noticias tristes. Volvió a apagarlo y se puso a poner de nuevo nombre a los minutos, y quiso hablar, Andrés,  después de mucho tiempo, pero se le olvidó la voz y no le salieron las palabras.

Foto: Carmen Vela

 

13 mayo
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

Mariano Rajoy explicaba el otro día por TV “las poderosas razones que el Gobierno tiene para aplicar su riguroso plan de austeridad y reformas”. Venía a decir que la austeridad consiste en no gastar lo que no se tiene. Fue una frase dirigida a todos los españoles, supongo.

Esa mañana, Xosé Santos, 54 años, albañil en paro, desayunó su pan migado delante del televisor.  Xosé, de Betanzos, pero hace años que habita con su familia en El Ferrol, cobra 400 euros de la prestación social. Tiene dos hijos. El mayor de ellos, Esteban, es albañil como el padre y, como el padre,  albañil en paro; el menor, Andresiño, de 15 años, estudia secundaria. La mujer, Xoana, tiene el reúma clavado en sus articulaciones de tanto fregar escaleras. Asiste a dos casas en la semana.

Un sol agradable añadía picante a la mañana, pero Xosé no estaba para novedades y cuando escuchó decir a su paisano gobernante lo de la austeridad, miró los pantalones remendados del hijo pequeño, rebañó unas migas de pan y se las llevó a la boca, y escupiendo rabia apagó el televisor. Austeridad a nosotros, pensó en voz alta Xosé, a nosotros que somos los campeones de la austeridad, manda carallo.

Los mercados no tienen sentimiento ni tienen alma. Lo que sí tienen los mercados es un enorme boquete en forma de estómago, donde le cabe todo y nadie pregunta su procedencia. Los mercados devoran y siempre quieren más; no conocen otra regla que no conduzca a la acumulación, a la multiplicación multimillonaria de sus activos por encima del coste humano, del sufrimiento de las familias. Una persona vale menos que un número.

El actual gobierno de España asegura que prometió pagar a los mercados y pagará por encima de todas las cosas, por encima de la sangre de la ciudadanía. El gobierno de España maneja dos adjetivos como dos espadas de fuego: reformas y austeridad. El objetivo es cumplir lo pactado con Angela Merkel y con Bruselas. No importa los millones de vidas que se quedarán en el camino. España sabe hacer sacrificios y es fiel cumplidora de sus pactos, dijo una vez el presidente.

Al mediodía, Xosé se ajustó el gastado tabardo, se alisó los cuatro pelos que le cuelgan por las orejas y apuró al hijo menor: “Andresiño, ponte el abrigo que nos vamos al comedor de los curas, que hoy ponen unos macarrones y de segundo unos huevos con chorizo de campeonato”.

Foto: Carmen Vela

 

8 mayo
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

Una luna llena intensa saludó al lunes. Un ramo de claveles rojos dormía junto a un piano de cola. En una esquina del balcón, una maceta de geranios se desperezaba con el primer clarear del día, justo cuando los periódicos proclamaban presidente de Francia a Hollande, el hombre del traje gris y aspecto de no haber roto jamás un plato. Ese francés, de nariz aguileña y ojos redondos, es la gran esperanza de 25 millones de europeos sin trabajo, de 30 millones de europeos cuyo mañana pende de un hilo y de otros 200 millones de ciudadanos del continente más viejo del planeta, que hace tiempo le arrancaron la sonrisa.

Sobre las anchas espaldas de este abogado con cara de no haber pasado jamás hambre se volcarán millones de sueños atropellados por una recesión brutal, un montón de vidas despedazadas para saciar el apetito voraz de los mercados, un monstruo de siete cabezas, que sólo entiende de números y las vidas sólo significan lo que una montaña de papel abrazada a la hoguera.

Porque esta vieja Europa camina sin aire en los pulmones, los pies descalzos y el rostro consumido por el vaivén infernal que imponen los mercados. Los estados laminaron sus soberanías en nombre de la austeridad, una señora de negro que absorbe las almas de los pueblos y luego se baña con su sangre.

En este territorio, donde Viriato se inmoló antes de doblar las rodillas, Cervantes bosquejó un plan para derribar molinos y gigantes y Lorca murió a balazo limpio por mirar a su verdugo de frente y sonreírle a la luna, los números invasores dictan consignas y desgarran historia y almas.

Pero esta gastada tierra, donde los viejos aprietan los dientes y saludan al sol como un amigo fiel, ya está cansada de recibir palabras rotas y silencios traidores, no quiere apretar la mano a quienes no conocen el árbol de la solidaridad, la sombra de la lealtad, el bosque donde se acunaron los hermanos. Esta gastada y noble tierra ya no quiere caminar al ritmo de otros pasos, y se ha parado; reconoce a sus hombres y mujeres, los reconoce a todos y sabe luchar contra los vientos. Y los números.

Foto: Carmen Vela

 

3 mayo
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

La poesía es un arma cargada de futuro, escribía el desaparecido Gabriel Celaya, un poeta férreo, de frases rotundas, tan mágicas como el cabrillear del agua en un amanecer. También dijo en otra ocasión el vasco: “Los periodistas cuentan historias, a veces crudas y feas, en ocasiones hermosas, pero ellos  siempre están ahí para recordarnos que seguimos vivos y que, gracias a ellos, un día podamos asomarnos al balcón y ver cómo se deja peinar por el viento esa bandera firme llamada Libertad”.

Pero ahora quieren que los periodistas no estemos ahí, dicen que somos un mueble viejo, caro e incómodo, que chirría cuando las hojas de la puerta se abren y se cierran. Estorbamos.

Estos no son buenos tiempos para los periodistas: las crisis dejan limpias de publicidad a las empresas y las empresas limpian sus nóminas de periodistas; los empresarios prefieren alquilar loros y papagayos de vivas plumas para airear las suciedades de cada casa, mientras sórdidos corazones chapotean en el barro de las calumnias y hacen sonar sus clarinetes en la feria de cualquier pueblo.

No son buenos tiempos para el periodismo honesto, porque clavan sus verdades a cuchillo y luego matan al mensajero.

El periodista es un gorrión que anida en los corazones del pueblo, una mano que llama a tu puerta y te mira a los ojos, una palabra mil veces dicha que nunca aprendes, una voz que no se lleva el viento, porque el viento no mata, lo hace la codicia del hombre.

El periodismo es necesario, porque necesarias son la lluvia y la palabra, porque el atardecer no es un adiós sombrío, sino un hasta luego con los bolsillos llenos de esperanza. El periodismo no puede morir nunca, porque siempre existirá una antorcha encendida en lo más alto del monte.  Somos periodistas y aventamos la Libertad para que todos sepan que el mar no guarda cadenas y la palabra tiene millones de brazos y no conoce murallas.

Foto: Carmen Vela

30 abril
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

Peor que una palabra sucia es un silencio castrado y mentiroso. Hartos. Peor que una promesa no cumplida, es la intención premeditada y alevosa de no cumplirla. Hartos. Los ciudadanos de esta orilla del Atlántico llamada España estamos hartos de fuegos de artificio, hartos de que nos mientan; el orgullo ya lo tenemos en carne viva por aguantar tanto maltrato de políticos y financieros, que nos disparan desde las cuatro esquinas. Este pisoteado pueblo ha pasado a un segundo lugar en las prioridades de los tecnócratas que ostentan el poder. El objetivo primordial de esta gente que nos gobierna es saciar la sed y el hambre de los mercados. Después se fijarán en ti, si es que todavía existes.

En Europa, los desempleados rebasan los 25 millones; 5,6 millones pertenecen a España, que  al final del verano tocará el techo de los 6 millones, según previsiones oficiales. Los recortes en Sanidad y Educación van a ser brutales. La rueda sanguinaria llamada Reforma seguirá hiriendo de muerte al estado de bienestar, ahora llamado estado de las pesadillas. Los políticos del Poder piden comprensión ante la tortura de un sistema que despide obreros y se ceba con la clase más desfavorecida como nunca antes hizo otro gobierno.

Hartos de ser un país juguete en manos de Alemania, que nuestro futuro lo diseñen en Berlín y sea Bruselas la que fiscalice las cuentas de los españolitos. Y, como en la película de los hermanos Marx, se pida más madera española para arrojarnos al enorme horno crematorio de los mercados, donde nuestras ilusiones  crepitan y se hace cenizas el futuro de nuestros hijos.

Este pueblo ya harto no acepta que le hablen de crecimiento y de un futuro mejor cuando el presente sangra y los mañanas se llenan de dudas. Este pueblo que abrazó a Antonio Machado, acunó a Lorca y dio vida a Quevedo, sabe romper silencios y dar cuerpo a la palabra. Pero ya no quiere más señales lejanas, sólo desea seguir respirando en libertad, luchar por un trabajo digno y que nadie borre la huella de sus pasos.

Foto: Carmen Vela

 

26 abril
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

Dicen que estamos en recesión, que tenemos metida la crisis en la yugular, que de nuestra respiración salen burbujas teñidas de negro, que el futuro es como un camión que espera el mejor momento para aplastarnos. Dicen que Alemania, cabecera central de los mercados, es la que nos marca el paso en esta cárcel gigantesca llamada Europa. Los demás obedecemos. Compramos y obedecemos. No miramos a otra parte. Callamos y obedecemos.

Pero los días cada vez se hacen más empinados y cada día el camino se llena de cristales y las soluciones se nos antojan indescifrables. Se habla de una Europa mejor, de una España mejor añadiendo una cuota gigantesca de sacrificios. ¿Dónde puede existir la mejoría si el mercado laboral sufre recortes de todo tipo y la tasa de empleo no deja de crecer? ¿Quién miente afirmando que la calidad de vida de los españoles será superior con esta cadena de recortes en Sanidad y Educación que se nos viene encima? ¿Por qué aprietan tanto la soga que asfixia a tantos millones de familias? ¿Para cumplir los objetivos? Yo no quiero estos objetivos. ¿Quién los marca, Alemania? ¿Por qué somos tan serviles a un estado que nos hace tanto daño y llena de infelicidad las vidas de tantos millones de personas? ¿Socios? ¿Para qué queremos ser socios y compañeros de viaje de Alemania cuando hay gente que se quita la vida porque está harta de tanto sufrimiento?

Romano Prodi, el italiano, ha lanzado una propuesta muy sensata a los países que viven un sinvivir semejante al de España: “¿Por qué no dejamos sola a Alemania?”

Si España, Italia, Portugal, Grecia, Francia (si se confirma la victoria de Hollande), deciden descolgarse de los postulados alemanes que tanto nos aprietan, quizás el camino se allanaría lo suficiente y nuestro presente sería mucho más fácil. Porque peor que ahora sería imposible. Alemania de Angela Merkel se regodea de su éxito, pues que viva muy sola con su triunfo, que se coman ellos sus alimentos, que nadie consuma productos alemanes, que viajen los alemanes con sus autos.

Me río de aquellos que avisan de un mundo en tinieblas, de un caos bíblico si osamos  descolgarnos de Alemania. ¿Qué peor que ver las calles regadas de desempleados? ¿Qué peor que ver morir a un enfermo por falta de atención? ¿Existe algo más negro que un mal llamado tristeza? Ya es hora de reaccionar. Este país se está desconchando poco a poco. Lo mismo sucede con nuestros vecinos. Es hora de un cambio de rumbo, es hora de gritarles basta.

Foto: Carmen Vela

23 abril
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

Filípides, aquel griego que corrió los cuarenta y dos kilómetros largos que distan desde Maratón a Atenas para dar la noticia de la victoria del ejército de Milciades sobre los persas, fue un gran periodista. Filípides murió con las botas puestas. El periodista siempre anduvo bailando en los filos de la cuchilla; de correveydile a portador de mensajes vacíos, al periodista, por molesto, lo han condenado a ocupar el escalón más bajo de una sociedad que, curiosamente, anda estos días sedienta de noticias y utiliza mil maneras diferentes de encontrar un pozo sin contaminar que le aclare el cielo lleno de nubes negras que la amenaza. Han intentado matar al periodismo. Pero no lo consiguieron. Y no creo que lo consigan.

Hoy, los trust mediáticos se zambullen bajo el techado mercader, vomitan números millonarios y hacen balance de sus ganancias; no les interesa el paso de las aves, la mortandad infantil, que los viejos no sonrían y que el semáforo de tu corazón siempre ande en rojo; no les interesa que la piedra de la vida te vaya aplastando poco a poco la cabeza, como una coliflor a los pies de un regimiento de húsares; tampoco les interesa que llueva y nunca escampe.

El periodista honesto, independiente y veraz, molesta; el periodista que cuenta lo que ve, que escribe lo que ve y plasma lo que ve, oye y siente, es un ser peligroso y friki, un proscrito perro/flauta de una sociedad que camina temerosa de los dioses y de las hipotecas.

Hoy el periodismo es una lacra, un viejo mueble que pasa a la planta cuarta de los inservibles. Hoy priva el otro periodismo,  una fila india de comadres mal avenidas, folklóricas de hojalata y bótox, que conviven en las cloacas de la jet, apuñalan a todo pariente sospechoso y acumulan puntos Iberia a costa de sorber la sangre ajena. El otro periodismo también luce corbata, come en Casa Lucio o en De María, ríe los chistes verdes a los banqueros y mira al otro extremo de la esquina, el lugar donde sale una hilera de periodistas rumbo al INEM, casa común de muchos profesionales que fueron disparados a quemarropa por una crisis que les roe las entrañas y siembra de minas su horizonte.

El periodismo no ha muerto, vive en el corazón de mucha gente, escribe verdades y destila honesta profesionalidad en cada palada de oxígeno; pero vive en catacumbas, con sueldos miserables y muere muchas veces de aburrimiento. El periodismo también late con fuerza en las redes sociales y en cada frase que escribe, dice o graba, chorrea libertad y toca con insistencia en tu conciencia. Cuando veas a un periodista, míralo de frente y a los ojos, verás tu propio corazón latir con fuerza y tu corazón te dirá que cada minuto de vida es una lucha, y cada segundo un paso al frente. Cuando veas a un periodista piensa en ti, sabrás que nada está perdido, que aún queda camino y luces en la noche. No dejes nunca de mirar a un periodista y guarda su sangre, porque es la libertad lo que te enseña.

Foto: Carmen Vela

20 abril
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

¿No te resulta sospechoso que de un tiempo a esta parte sepamos vida y miserias del Rey y su familia? De repente, como si hubiéramos descorrido un telón gigantesco, la luz a fogonazos se derramó sobre la realeza y, más que cegarnos, enloqueció a la fiera que llevamos dentro. De repente, esa familia que en los últimos terraplenes de agosto salía bronceada y risueña en los papeles couché de las revistas rosas y resto de medios informativos, ahora resulta que tienen arrugas en los fundillos del pantalón y surcos de desagradable sudor en las curvas que trazan las sobaqueras.

Desde las cuatro esquinas disparan a Su Majestad todo tipo de artillería. Se ve que le tenían ganas al Rey, a los príncipes, a sus yernos y a todo aquel que oliera colonia más allá del Barón Dandy y tuviera un codeo amistoso con Zarzuela.

De repente, ese tipo alto, rubio y algo patoso, cuya lengua de madera le gastaba bromas pesadas en los discursos de más boato, parece un troll sacado de las cavernas putrefactas, cuyas debilidades han sido clavadas en lo más extremo de una cruz. Clavada a fuego, que duela y tuerza el gesto.

El volcán humano explotó y su lava de rencores se ha esparcido a miles de kilómetros. Aquellos que estuvieron agazapados y durante décadas lamieron suelas de zapatos reales, ahora azuzan a la multitud con todo tipo de noticias. Disparan frases, que luego la uniremos con brea y estiércol, y sacaremos buenas portadas a modo de cenagal. Para que rían, para que lloren, para que se vayan.

Dice García Márquez que el mar crecerá con sus lágrimas y que las lagunas de la memoria se romperán en un amanecer cualquiera. Porque los recuerdos se borran con cualquier viento de levante, pese a que el viento traiga bonanza, paz y libertad después de un mar sombrío repleto de silencio y cadenas. El Rey, ese que pide perdón, asegura que se equivocó y promete no volverlo a hacer, ha tenido la hombría de reconocer errores y decirlo. Ante cámara. Esos ojos que un día se dormirán como el tuyo o el mío, te han mirado con estrías de confusión, ternura y rabia. Porque a un grande y a un chico, a todos nos  cuesta pedir perdón. No hicieron lo mismos conocidos pecadores  Bush,  Sarkozy, Felipe González, Aznar, o la misma Reina Isabel. Nadie tuvo lo que ha tenido Juan Carlos I el otro día.

De acuerdo, dicen que cazó elefantes. Y se ha comido el marrón. También viajó meses atrás a los países árabes y se trajo bajo el bolsillo un contrato de AVE que dará de comer a muchos españoles durante mucho tiempo. Ese contrato lo querían los franceses de Monsieur Sarkozy, pero el árabe se lo metió en la faldriquera de su amigo el Rey de España.

El Rey: ese que pone ahora un circo y los enanos le salen ardiendo y con más de dos metros de piernas; ese que ahora ríe y le clavan las saetas por mirar a dos mujeres a la vez. Ese, también, que puso firmes a los militares cuando los militares subían al Olimpoy andaban con oscuras golondrinas a destripar poetas. Ese que calla muchas veces, porque los silencios de Zarzuela a veces parecen tan sabios como los silencios de la Maestranza.

El Rey que reina y mira y sabe toneladas de cosas, un bidón lleno de aristas, fórmulas que hieren con la luz; y las sabe más por viejo que por sabio. En Grecia e Italia, las manos negras derrocaron el poder establecido y dejaron a esas repúblicas mediterráneas cargadas de incertidumbre y heridas en cuna de fuego. En esta España de horizontes erizados y viento frío, una España que vomita tristeza y desempleo, queda alguna luz encendida. Huyen las manos negras. Pero siguen dispuestas a la batalla. Porque está él, ese que ahora atacan con todo tipo de acero y frases. Ese que pide perdón. El Rey que resiste.

Foto: Carmen Vela

 

18 abril
2012
escrito por Jose Manuel García-Otero

Carlos Cuenca Toribio, electricista, nació en San Fernando (Cádiz), aunque criado junto a un trozo de ribera del Guadalquivir cordobés; sabe jugar al mus y a la pelota; entiende de muchas cosas, aunque a muy pocas le pone nombre, los nombres se los lleva el viento dijo un día su abuelo, y Carlos Cuenca miró a una nube  gorda y se rascó la cabeza.  Cuando alguien le preguntó ayer sobre la expropiación de YPF, Carlos Cuenca arrugó sus pobladas cejas y puso cara de sentarse por primera vez en el sillón de un dentista:

–¿YP qué?

Anselmo Sacristán Sanjurjo es administrativo de Coria, toca la guitarra eléctrica y el órgano en un conjunto de rock. Anselmo aprovechó muy bien las lecciones de música que le impartió el señor cura en sus tiempos de monaguillo. Moría por Nirvana. Cuando le preguntaron por YPF, Anselmo miró a ambos lados de la calle sonrió y mostró sin rubor el hueco que dejó su extinto colmillo derecho.

–¿YPF? Nada como las galletas de mi madre o las madalenas del Mercadona.

Damiana Rodríguez es portera de la finca más arriba de mi calle, se confiesa devota de los culebrones y asiste sin falta a las novenas de mayo. Le suena el nombre y su causa:

“Eso debe ser cosa entre argentinos y una fábrica de petróleos. Por cierto, la mujer esa que manda tanto, la Cristina, tiene los labios hechos, te lo digo yo”.

Patricio Fernández es carpintero y de joven quiso ser futbolista. Admiraba a Benito, del Real Madrid y, como Benito, es duro y encarado. En las pachangas domingueras, hay que tener sumo cuidado con cruzarse con Patricio, porque da más patadas que un cigarrón metido en una caja de zapatos. El carpintero sabía del asunto:

“YPF tiene que ver con Repsol; bueno, tenía. Me da que se lo han levantado. Por listos. Veremos quién es más listo, porque yo no lo tengo muy claro. Pero yo sólo quiero saber una cosa: ¿Van a subir el gasoil? Porque aquí se resfría la gente y lo aprovechan para subir las aspirinas”.

Como Damiana o Patricio, como Anselmo o Carlos, los españolitos de a pie quieren saber muchas cosas, sobre todo quieren saber si  el alba les abre la puerta y nadie les echa un cerrojo. Quieren saber si las calles siguen en el mismo sitio y el viento aún recuerda sus nombres. Quieren saber si es cierto que mañana es mañana.

Foto: Carmen Vela

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Hoy, que llueve, hace frío y el viento del noreste azota sin compasión tejados y árboles, me parece un buen día para comenzar a escribir esta especie de diario que quiero compartir con todos vosotros. Pero antes que nada quiero poner sobre la mesa una serie de puntualizaciones. Seguir leyendo...

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