Sí existen soluciones
La crisis rompe cadenas y destroza murallas, pero no puede romper corazones. Ni sentimientos. Una crisis tan profunda como la que ha descarnado todos los vértices de la parte sur de Europa tiene verdugos y víctimas. Los verdugos tratan de hacer el mayor daño posible, como cualquier guerra. No hace prisioneros, porque los prisioneros estorban. Quieren ganar más, y no les importa pasar por encima de una montaña de cadáveres. Los verdugos son ellos; las víctimas, los demás.
No es cierto que no existan soluciones; no es cierto que los milanos ya no vuelen por encima de los olivos y marismas, que las águilas no miren el otoño; no es cierto que el silencio frío del olvido borre las arrugas de los viejos, que una mano ya no apriete a otra mano sin que nadie encienda una sonrisa.
Hay caricias, existen las miradas de las estrellas en la noche, existe el mar en cada uno de nosotros y en cada uno de nosotros florece una primavera; existe una voz que siembra tu corazón cada vez que respiras, en el instante en que la noche se para y deja que fluya una cascada de voces que te recuerdan quien eres. Existen soluciones: cuando la mano se abre y un horizonte de generosidad te saluda.
La crisis es la guerra que rompe nuestros días, nuestras horas, nuestro sueño. La crisis no conoce hermanos ni amigos ni un vecino amable. La crisis no tiene llanto ni conoce risas; expulsa de tu tierra a nuestros antepasados y lamina sus sombras. La crisis no tiene banderas, sólo el color del dinero. La crisis vive sola, compra voluntades y futuro.
Por eso mira a la gente en la calle: lo que ves son personas que un día rieron y hoy apenas tienen lágrimas. Son nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros compatriotas, nuestros hermanos. Ellos y tú y yo. Nosotros somos muchos. Somos un pueblo que quiere unirse frente a la tempestad negra que nos asola; un pueblo que siempre tuvo voz y un día le rompieron la palabra; un pueblo que vive y aún respira y grita y todavía camina.
Foto: Carmen Vela




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