Don Juan para estos tiempos
Don Juan salió a la calle y olió a azahar marchito y a tristeza. Don Juan dejó atrás el zaguán de su casa, un edificio lleno de melancolía, abrigado de cal, los huesos de madera rancia y mármoles del sur de Italia. Esa mañana, como muchas mañanas, don Juan caminó despacio, braceando ligeramente y observando por la mirilla del hombro la vida de los demás. Y también a los árboles que en este tiempo ya no chorrean naranja amarga; a lo lejos escuchó los bufidos de un coche con claustrofobia. Don Juan se siente agredido por la modernidad. No la entiende. No entiende de botones de colores, quejidos del viento y videollamadas. No entiende de figuritas de uranio, cremalleras tecnológicas y burbujas en tres dimensiones. No lo entiende porque todo, dice, rebosa soberbia y conduce al hambre. Maldita hambre.
En su paseo, don Juan se topa con un joven negro vendiendo figuritas de madera junto a un postiguillo; un coreano echando el toldo de su restaurante; en la misma acera, dos bolivianos tocando la guitarra y cantando por Atahualpa Yupanqui. Don Juan saluda a todos, también a una mujer ya madura, que le quiere besar la mano. Quite, por Dios, que nos van a ver, le dice sonrojado el hombre.
Sigue su paseo hasta el lugar de la “oficina”, un caserón de los años cincuenta, apretado de ladrillos rojos y oliendo a cemento gastado. Don Juan saluda a dos monjas, que le sonríen como si hubiera visto a la reencarnación de Fray Escoba; sacude el hombro a Feliciano, el contable, que le frunce el ceño y le lanza una retahíla de desesperaciones del día.
Don Juan saca el talonario de la chaqueta, arranca siete hojillas y las firma de inmediato. Feliciano relaja el entrecejo, pero le susurra algo al oído que pone en guardia al jefe. Sus hijos han estado aquí, vienen con dos señores con sendos portafolios. Tranquilo, Feli, yo nunca estoy, ya sabes.
–¿Y qué hacemos con la gente nueva que llegó anoche?
–¿Cuánta gente?
–Dieciséis personas, y diez chiquillos. En total, veintiséis. Ya no caben más aquí. Comer, pueden comer, pero no tienen sitio para dormir.
–Me las mandas a casa.
–¿Y sus cuentas?
–Mis cuentas se las llevará un día el viento.
Don Juan se despide de Feliciano, le guiña el ojo bueno a la monjita del Camerún, saluda a Felipe el conserje y regresa a la calle. Silba una soleá de Antonio Mairena y mira cómo una collera de palomos escudriña los huecos de un tejado. Un autobús abre sus puertas y sale gente de todo tipo con la mirada enganchada a sus pensamientos.
Don Juan llega a la plazoleta y le salen al paso dos viejos de su misma quinta. Le aprietan la mano. Hoy es jueves, toca tortilla de papas y dominó en la casa de alguno. Ronca el carburador de un coche. Suena Estopa, en otro rincón de la plaza, una pancarta gigante grita por la defensa de la Sanidad y la Educación pública. Un centenar largo de jóvenes se sienta en medio de la calle. Tres furgones policiales hacen parpadear sus luces con nerviosismo. Más gritos. Una voz resopla por encima de todas: Libertad, los demás gritan lo mismo. Una bandada de jilgueros se asusta y vuela. Llegan los policías. Estopa se fue. Alambradas de nervios. Don Juan no saluda a nadie. Le dicen que apresure el paso y eso hace. Ni le conoce el tiempo.
Foto: Carmen Vela




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