Políticos que no tienen memoria
El 25 de septiembre, martes, 50 diputados se encontraban en el hemiciclo y en los despachos del Congreso. 50 de un total de 350 miembros de que consta la cámara de representantes de la ciudadanía. 300 no estaban en el puesto que las urnas les otorgaron; unos se hallaban de viaje, puede que otros convalecieran víctima de alguna enfermedad pasajera, otros anduvieran mascullando fórmulas para sumar algo más al final de mes, incluso puede que algunos anduvieran desarrollando alguna comisión de partido. Pero era día laborable, y sólo 50 parlamentarios se encontraban en sus puestos a las siete de la tarde.
Hay diputados que llevan 15 años, otros mucho más. Ellos se suben el sueldo cuando a ti, amigo que no me conoces y no te conozco, pero que vives aquí y, como yo, como todos vosotros, sudas gotas de sangre porque ves que el final de mes nunca llega y no sabes ya qué responder a tus hijos cuando te preguntan por qué siempre estás en casa.
Esos tipos que alguno de vosotros elegisteis aplauden los recortes, se abroncan y leen los periódicos en las sesiones, y bostezan en las comisiones, y abuchean, y patalean, y se ríen, y comen en los restaurantes de los alrededores de esa fortaleza de piedra que es el Congreso. Viven una vida feliz. Ellos no se recortan el sueldo, ni se los bajan. Solidaridad es una palabra que una noche se rompió en mil pedazos; generosidad es un concepto prisionero dentro de una botella que arrojaron al mar; lealtad, una definición que quedó atrapada en algún cajón del despacho del director general de un banco, el nuevo amigo de esta gente, la que cada cuatro años quiere arreglar tu mundo y funde su memoria al día siguiente de ver su nombre entre los inquilinos de la Cámara.
Esta gente de sobresueldo, que vive en Madrid y cobra dieta de 1800 euros al mes, sólo levanta la mano para tomar café con pincho de tortilla y guarda riguroso silencio (omertá) en los manejos de debajo de la mesa. Para ellos no hay derecha, ni centro, ni izquierda. Son ellos. Sólo ellos. Su casta.
Esta gente sólo cuenta las cifras de sus dígitos bancarios y mira a otra parte cuando este tren sin freno que es España se queda sin sangre y ve que el futuro de sus jóvenes se muere sin remedio. Son ellos y tú no importas. Tú sufres y cuando sales a la calle para decir que ya no aguantas más, te llaman terrorista; entonces te apalean. Ellos prefieren a los pacíficos, a los que nunca dicen nada, pero no olvides que también sienten que los recortes les muerden el alma, pero no salen porque tienen miedo.
Ellos, los que quieren arreglar tu mundo y tu vida cada cuatro años, seguirán olvidándose de ti al día siguiente, y alimentarán tu miedo y te pondrán cadenas, y seguirán viviendo en su mundo; entre ellos, para ellos. Pero sin ti, vecino de tu miedo, ese que mata.




Te confundiste en el título, se ajusta mejor al artículo, Políticos Que No Tienen Vergüenza.
La tristeza es que cuando llega el momento de las elecciones si que no tenemos memoria y los volvemos a votar. Con lo cual luego salen diciendo que son “los elegidos democráticamente”, y lo que no nos damos cuenta es que los que están en las listas no los elegimos nosotros, ni en la mayoría de los casos ni elegidos democráticamente dentro del partido, y como ocurre “normalmente” en este país son puestos “a dedo”, y no tenemos información de su curriculum, que es lo que sabe hacer y que es lo que ha hecho. Las listas deberían ser abiertas y cada candidato que venga con su CV, como cualquier españolito que busca trabajo, y veremos que méritos tienen para que nos representen.
Saludos
Te repito lo mismo, ellos no son los culpables. Los culpables de todo esto somos nosotros que volvemos a votarles una y mil veces y siempre a los mismos.
Ser del PP o del PSOE o de PNV o CyU es como ser del Sevilla, del Betis o del Barça; ya puede llover, ventear o nevar que sigo y seguiré siendo de mi equipo.
Ese es el problema, que estos tipos no forman un equipo sino más bien una “banda” no sé si de forajidos, cuatreros o sencillamente asaltantes de diligencias…
Saludos cordiales y…sigue en esa línea.
Pero no hay que bajar la guardia, tenemos que cambiar la dinámica, que la ciudadanía se dé cuenta que estos tipos que sólo te solucionan la vida la víspera de las elecciones y al día siguiente de las elecciones pierden la memoria, son eso, vulgares parlanchines que ya no engañan a nadie.