El último día

Antonio se levantó con un ligero ardor de estómago ese último día del año y culpó la emboscada intestinal al queso viejo que consumió la noche anterior. La radio escupía malas noticias, una tras otra; en el resumen del año, una cascada de nubarrones negros dejó atrancada la voz del locutor. Cuando, por fin, enderezó el curso comentó la profecía del primer semestre del año: “Los datos marcan un aumento de impuestos en los productos básicos y un aumento del paro”. Antonio apagó el transistor como si cerrara un grifo llamado vida. Se miró al espejo y aquel hombre del otro lado le abofeteó el rostro con su tristeza. Un tibio rayo de sol le arrancó una sonrisa, y con esa sonrisa bajó las escaleras a encarar la calle ese último día.

La moral no se la borraron de un tajo. Antonio llegó a la oficina del Inem y sacó del bolsillo de la cazadora de pana azul una lista de propósitos y deseos,  luego leyó en voz alta.

Propósitos:

Quiero ser mejor persona. Y mejor persona significa no desearle mal a nadie, tampoco a ti, guardia jurado, que siempre tienes un no y ese no es  la llave de todos los noes del mundo: la negación de la vida. ¿Quieres vivir? Sí.

Quiero ayudar a los que se encuentran peor que yo, que los hay, pero no me doy cuenta porque he conseguido hacer mi mundo demasiado estrecho y diminuto.

Quiero ser más generoso con todos y también conmigo mismo. No cuesta nada regalar una sonrisa; porque este simple gesto ayuda a mucha gente.

Deseos:

Que la salud me acompañe hasta en la ducha.

Que el trabajo no me falte. Ni a ti. A nadie.

Amor. Deseo dar más de mí porque recibiré mucho más.

Antonio terminó de leer su cuartilla y levantó la vista por encima del papel. Todos le miraban. Incluso el guarda jurado. Antonio no recibió esta vez un puñetazo llamado No. Sólo una sonrisa.

De forma extraña, la oficina quedó sumergida en agua de silencio, una manta espesa de “aquello” lo acompañó a la calle. Hacía frío y un aluvión de coches se le vino encima. Los comercios apuraban sus ventas. El último día del año tenía prisa por irse y dejar de ser 2012. La vida no comienza ahora, porque jamás pincha sus ruedas; somos nosotros los que podemos cambiar el rumbo de las cosas. Juntos. Eso pensó Antonio mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde. Cruzó la calle. Un niño colisionó su mirada con la de Antonio. Un anciano escudriñó el cielo. Llovía. Nadie paraba.

Foto: Carmen Vela

 

 

 

José Manuel García-Otero

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