María vuelve a casa
María vuelve a casa. Cuarenta y cinco años después vuelve a casa, al barrio que la vio crecer y se dieron la mano la primera muñeca y su primera lágrima. María todavía siente el regusto de azahar del primer beso, también la mirada de fuego de aquellos ojos que una noche treparon por su vientre y se engancharon a su corazón.
Aquel amor quedó roto y prisionero en medio de un saco de papeles y prejuicios. María se tragó sus lágrimas y buscó consuelo entre un mar de abrazos y risas de plástico. Con el tiempo encontró jirones de su muñeca cubiertos por un cielo de estrellas de latón que una vieja calesita esparció un día de tormenta.
María salió del barrio y se perdió en los días, anudó su nostalgia en un bolsillo de nubes y quiso volar por encima de tejados hipócritas y manos de lluvia; trató de huir del dolor y la indiferencia, pero no encontró la llave y siguió encerrada en la noche.
El alcohol, el desamor y el olvido vivieron con ella hasta robarle amaneceres y rostros; desde hace muchos años, las mañanas se llaman Manuel y las tardes ausencia. En medio del desierto, quince tigres le mordieron el alma y casi le arrancan el vientre.
Hoy vuelve María a su barrio y dice que se quedará, aunque haya perdido los papeles y una parte de su sombra. María está contenta. No creía en la suerte pero los pájaros le trajeron un soplo de brisa. Sólo piensa en esta mañana de sol. Hoy no siente frío ni le aprieta el silencio. Un perro ladra, dos niños bajan las escaleras, y ella sonríe aliviada porque los tigres no mordieron su memoria. María vuelve a casa.
Foto: Carmen Vela




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