Gaspar Rosety

La primera vez que vi a Gaspar Rosety fue en 1982, en la semifinal mundialista que jugaron Francia-Alemania y que se disputó un mes de julio en Sevilla. Los de Antena-3 no tenían cabina, y estaban al raso en lo más alto del voladizo de preferencia del Ramón Sánchez-Pizjuán. Las miradas de los aficionados iban para José María García, ese periodista menudo, de ojos de águila que daba zarpazos de tigre. De la zona del afamado periodista retumbaba una voz grave, que cruzaba el aire caliente como una olla de chocolate. Subí una docena de escalones siguiendo la voz de coronel de húsares y me topé con un chaval de cara cuadrada y cabellos de cobre. No le dije nada. Seguí mirando embelesado por aquel do-re-mí de adjetivos y verbos, que describían la línea Maginot que teutones y francos trazaron esa noche a través del fútbol. A fe que el vozarrón de barítono en trance de Gaspar Rosety reinó por encima de Schumacher, Battiston, Platini, Tigana y Rumenigge.

A partir de ahí Gaspar entró en mi cobertizo cotidiano, casi siempre desde el Bernabéu, con sus debates cáusticos con García y, sobre todo, con sus inigualables cantos de goles legendarios. Nadie cantó mejor un gol que mi amigo, ni el histórico Gordo Muñoz; he dicho que nadie y digo bien. Porque Gaspar participaba en cada lance, inventaba el pase, sus adjetivos dibujaban gambetas y su corazón sembraba de flores y pasión la jugada más inverosímil. Era único porque su voz caminaba con alma.

Durante el Mundial de Estados Unidos, con España eliminada tras caer en la ratonera de Italia, coincidí con Gaspar en Nueva York. Cenamos los dos en un restaurante francés ubicado en una calle entre la Quinta y Sexta avenidas. Mientras comíamos un bistec de retinto de Kansas, bebíamos vino californiano, proclamábamos la excelencia suprema del menudo de Casa Cuesta, justo en la revuelta de la trianera calle Castilla.

En aquella cena no resolvimos el mundo, pero nos percatamos lo cerca que están Gijón de Sevilla y Madrid de la Plaza Nueva.

Gaspar Rosety, en la cercanía, es un oso de peluche gigante, un corazón andante, unos ojos que te dan la mano y media vida, si fuera menester, cuando las cuchillas del camino hieren de gravedad al amigo. Porque la amistad en los bolsillos de Gaspar es un tesoro más allá de las arcas del rey Salomón, una razón para respirar toneladas de energía, poner sobre el muestrario el verdadero peso de la solidaridad, la razón poderosa de la lealtad, el sentido único de la generosidad.

Y yo puedo dar fe de ello. Cuando las circunstancias me apalearon jamás faltó esa llamada de aliento de Gaspar, esos kilos de afecto del hombretón que te arrancan una sonrisa en medio del fango y la desazón; nunca me faltó el toque de corneta del amigo que llama a rebato para que siguiera en pie, la frente muy alta y el corazón preparado para la lucha.

Ese corazón de Gaspar Rosety que ahora se gastó de tanto usarlo, ese corazón que ahora vive en Adela, su esposa, y sus tres hijas, ya mujeres. Pero también vive en muchos de nosotros, con sus goles llenos de majestad, con su mano cálida, con su sonrisa.

@butacondelgarci

No hay comentarios.

Agregar comentario