Los (amigos) invisibles

callejonYo podría contaros un ramillete de historias tristes, historias que parió la tremenda depresión que nos azota, un devastador tsunami cuyo oleaje cubre de barro el lado sur de Europa. Pero hoy quiero escribir de la esperanza, ese otro lado de la luna que siembra sonrisas sobre un campo minado por el dolor y un sol que no quema.

Hoy quiero hablarte de la legión de hombres y mujeres que trabajan en los comedores sociales,  en la calle, en las brumas de miradas bondadosas que desliza aquella gente cuando llegas con el rostro crispado por la desesperación y el vértigo. Y te abren sus brazos.

Eres Manuel, quizás Francisco, tal vez Ana o Carmen o, probablemente, nadie a los ojos de todos menos de esa gente, que pone su mano en tu hombro y lleva tranquilidad a las aguas revueltas de tu alma.

No quiero preguntarte por la dureza de un día sin nada, una semana sin nada, un mes batiendo alas en el blanco agónico de la indiferencia; quiero llevarte toneladas de luz, un barco repleto de palabras honestas, como ese amigo que siempre soñaste tener y jamás pudo franquear  los barrotes de tu imaginación.

En esta sociedad amurallada por las injusticias, donde encarcelan el pensamiento y tu voz resulta apaleada, hay hombres y mujeres que están detrás de ti, alentándote a que sigas, ofreciendo sus sombras y sus manos para que no se rompa tu voluntad y tus dudas no queden enganchadas en los momentos de oscuridad máxima.

Eres Pedro, María, Juan, Ignacio o Asunción, cualquiera de vosotros, como tú y yo, todos, y ya apenas nos queda sangre de tanta sangre que hemos derramado. Ni más lágrimas. Pero todavía queda sitio para una sonrisa, para una mirada azul, sin nubes. Sabemos que no caminamos solos. Están ellos, nosotros, mi mano y tu mano, juntos. Nuestra voz. Una cadena que llaman libertad y no se rompe, por mucho que ellos quieran.

Foto: Carmen Vela

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