Los corderos conocen los ojos de la muerte

Hoy volvió a amanecer. Azuleó la mañana, el ruido rasposo y persistente de los automóviles apagó el trino de los gorriones y zorzales. Se despertaron las gallinas y un caballo, a lo lejos, relinchó falto de pasto y yegua. La vida sigue igual esta mañana. Nada es tan hermoso como el sol cuando se despereza y riega de luz el campo. Pero ese sol también calienta corazones dispersos, desiguales espaldas.
La codicia pone alambradas en las esquinas y deja sin luz las calles. La envidia es una lámpara que incendió mi barrio y borró el nombre de mis amigos. La cobardía es el acto del hombre que se cree cordero y no sabe que los corderos conocen los ojos de la muerte.
El hombre que luchó es perseguido por mirar de frente a otros hombres que bajaron los brazos en la tormenta. El manso también es perseguido por agachar la cabeza y cubrir de un silencio espeso las paredes de su casa. El orgulloso gritó más de la cuenta y su voz se apagó con el ruido de las olas.
Hoy es cualquier día que quiero conocer, esa mañana que jamás me presentaron, un mediodía que apenas dice nada; quizás pueda salir en este atardecer que no grita mi nombre pero me ha dicho tantas cosas. Me dice que siga caminando y no pierda mi sombra. Me dice que no deje de mirar al frente, que hay luz más allá de la vereda, y un poco más cerca, al bordear la vaguada, hay risas de niños que juegan a la vida.
Foto: Carmen Vela
corderos

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