Los hombres de la vieja Europa

Decía Goethe: “El comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen”.  Yo creo que el gran maestro de las letras alemanas lo escribió pensando en mucha gente de nuestros días. La condición humana es una estatua de piedra que el tiempo, como una pertinaz gota de agua, va deteriorando a pasos tan agigantados que, de seguir a este ritmo de corrosión, nuestras almas desprenderán un hedor insoportable.

Los hombres de esta vieja Europa se abrigan con el manto de la hipocresía pero ese calor egoísta también deja frío a muchos hombres. La solidaridad se muere y no crece de nuevo en estos campos de secano. Vamos caminando y no miramos lo que hay al otro lado de la acera, a un metro de nuestros pies. Jamás miramos a los ojos de las otras personas  porque quizás nos digan o muestren algo que no nos guste.

En la orilla del mar muchos hombres huyen con desesperación de una muerte que les come la sombra; esas personas buscan una luz segura, que el aire no les huela a pólvora, que nadie les dispare por pensar distinto de su verdugo.

El hipócrita es un cobarde que nunca da la cara y se esconde detrás de las cortinas. O de un plasma. El hipócrita vive en la primera línea de la confusión y la mentira es una herramienta necesaria para trazar esa raya que jamás cruza y, como un día dijo Maistre, el perverso no es nunca.  Mata con una sonrisa y luego te da la espalda.

En la vieja Europa, los hombres buscan nuevos hombres que encuentren un camino en medio de un bosque de palabras vacías, una luz bajo la fuente de los abrazos rotos, esa huella que nos indique que algo no está perdido y puede que haya manos compañeras. Yo quiero pensar que el hombre tiene amigos en medio de los hombres.

@Butacondelgarci

 

No hay comentarios.

Agregar comentario